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Hay compañías que inventan productos visibles —un coche eléctrico, un móvil, una red social— y luego está Palantir: una empresa invisible para el ciudadano común, pero decisiva en los lugares donde se juega el poder. Su software analiza millones de datos para convertirlos en decisiones que van desde planear operaciones militares en Ucrania hasta reducir listas de espera en hospitales británicos o garantizar que un refresco llegue a tiempo al supermercado.
Descubrirás cómo nació a partir de la experiencia antifraude de PayPal y fue financiada por la CIA, cómo levantó miles de millones en Silicon Valley pese a acumular pérdidas, y qué papel desempeña hoy en gobiernos y empresas de todo el mundo. También verás las cifras que marcan su transformación —de perder más de 1.100 millones en 2020 a superar los 1.000 millones trimestrales en 2025— y las polémicas que la acompañan: contratos cuestionados, acusaciones de vigilancia y tensiones internas con un CEO tan excéntrico como influyente.
Palantir no vende sueños futuristas: vende decisiones en tiempo real. Y esa es la razón por la que se ha convertido en uno de los actores más poderosos —y polémicos— de la era digital.
Cuando PayPal inspiró la creación de Palantir.
La historia de Palantir arranca en 2003, cuando Silicon Valley estaba ocupado en redes sociales y gadgets de consumo. Mientras Facebook y Google conquistaban el mundo, un grupo de emprendedores liderados por Peter Thiel, cofundador de PayPal, perseguía otra obsesión: aplicar algoritmos antifraude para anticipar amenazas terroristas tras el 11-S.
Thiel ya había visto cómo esos modelos salvaron a PayPal de pérdidas millonarias. Con Alex Karp, Stephen Cohen, Nathan Gettings y Joe Lonsdale, fundó Palantir con un objetivo diferente: convertir datos caóticos en inteligencia procesable. El problema era que casi nadie en Silicon Valley quería invertir en “software para gobiernos”. El giro llegó cuando In-Q-Tel, el brazo inversor de la CIA, aportó unos 2 millones de dólares y, sobre todo, legitimidad.
Ese ADN marcó la cultura interna: sus salas llevaban nombres inspirados en El Señor de los Anillos. Palantir aspiraba a ser como las palantíri, las piedras videntes capaces de mostrar la realidad entera.
De la CIA a Wall Street en una montaña rusa de financiación.
La financiación de Palantir es una de las más peculiares de Silicon Valley. No siguió el guion clásico de rondas crecientes con inversores de moda, sino que se construyó a base de tramos solapados, valoraciones que variaban según la fuente y un aval único: el de la CIA. TechCrunch ya recopiló una cronología que ya señalaba esas incoherencias, pero el recorrido general es claro: de un arranque ideológico financiado por Peter Thiel, a megarondas privadas que la llevaron a 20.000 millones de valoración, hasta debutar en bolsa sin captar un dólar nuevo.
Entre 2003 y 2006, Thiel inyectó unos 30 millones —parte vía Founders Fund— y llegaron las primeras rondas: 7,5 millones de Oakhouse Partners y 10,5 de Reed Elsevier Ventures. La entrada de In-Q-Tel, el fondo de la CIA, con unos 2 millones, valió más por credibilidad que por dinero. En 2008, la valoración era ya de 400 millones tras una Serie C de 36,8 millones. Dos años después, una ronda de 90 millones la llevó a 730 millones.
El salto decisivo llegó entre 2013 y 2015. En 2013 levantó 196,5 millones y alcanzó 6.000 millones de valoración. En 2014 recaudó 605 millones en tres tramos y en 2015 otros 1.329 millones, consolidando los 20.000 millones. Fue uno de los mayores unicornios de la década pese a seguir en pérdidas.
Tras un modesto tramo de 20 millones en 2016, recurrió a 300 millones en deuda bancaria en 2019 para mantener su expansión. En junio de 2020 recibió 550 millones de Sompo Holdings y en septiembre debutó en Nueva York mediante direct listing. No emitió acciones nuevas: solo ofreció liquidez a sus accionistas, un gesto de independencia inusual para una empresa que aún quemaba cientos de millones.
Palantir pasó de un arranque casi ideológico a inflar su valoración con megarondas privadas, sobrevivió con deuda cuando los inversores se cansaron y debutó en bolsa sin recaudar capital fresco. Una montaña rusa financiera que refleja bien el carácter atípico de la compañía.

La compañía que todos nombran pero pocos saben a qué se dedica.
Palantir lleva más de una década apareciendo en titulares. Su nombre suena en debates sobre seguridad nacional, contratos millonarios y hasta en polémicas sobre vigilancia masiva. Sin embargo, para muchos sigue siendo un misterio. No vende móviles como Apple, ni redes sociales como Meta, ni coches eléctricos como Tesla. Su producto es invisible: software que convierte datos dispersos en decisiones ejecutables.
Ese carácter invisible es parte de su poder y de su problema. A diferencia de las grandes tecnológicas de consumo, Palantir no tiene un producto que el ciudadano medio pueda descargar en su teléfono. Sus clientes son gobiernos, hospitales, bancos o empresas energéticas que necesitan dar sentido a océanos de información. Y ahí entra en juego su propuesta de valor: integrar sistemas que no hablan entre sí y transformarlos en acciones inmediatas.
No se trata de un dashboard bonito o un gráfico interactivo. El corazón de Palantir está en su capacidad de cruzar bases de datos fragmentadas y traducirlas en decisiones prácticas: reorganizar quirófanos para reducir listas de espera, ajustar cadenas de suministro globales en plena pandemia, detectar patrones de fraude financiero o decidir la estrategia de una operación militar en segundos. Es software que no se queda en la teoría, sino que baja hasta el nivel de la acción.
Su negocio se articula en cuatro productos principales, cada uno con un rol estratégico distinto:
Gotham, el cerebro militar.
El primero y más icónico. Gotham fue diseñado para defensa y seguridad nacional. Integra datos de satélites, drones, sensores de campo e informes militares para ofrecer a los comandantes una visión táctica completa. No solo muestra mapas: permite detectar patrones en tiempo real, anticipar movimientos enemigos y coordinar operaciones con precisión. Fue desplegado en Irak y Afganistán y hoy se usa también para integrar información en el conflicto de Ucrania. En el Pentágono lo consideran una pieza clave del programa TITAN, que puede alcanzar un valor de 10.000 millones de dólares en una década.
Foundry, el corazón empresarial.
Si Gotham es el músculo militar, Foundry es la plataforma que conquista el mundo corporativo. Su misión es conectar sistemas fragmentados —desde complejos ERP hasta simples hojas de Excel— y construir un “gemelo digital” de la organización. Empresas como Airbus, PepsiCo o Merck lo utilizan para tomar decisiones que impactan en miles de empleados y millones de clientes. Foundry permite simular escenarios, prever demanda, reconfigurar cadenas logísticas o acelerar investigaciones científicas. Durante la pandemia, fue la herramienta que ayudó a varios gobiernos a coordinar la distribución de vacunas.
Apollo, el garante silencioso.
Apollo no brilla en titulares porque trabaja en la sombra, pero es esencial. Es la capa de infraestructura que asegura que los otros productos puedan desplegarse y actualizarse en cualquier entorno, incluso los más hostiles. Un submarino militar en misión sin conexión a internet, una fábrica aislada o una base avanzada pueden recibir actualizaciones de software gracias a Apollo. Su fortaleza está en garantizar que el software de Palantir funcione siempre, sin importar las condiciones técnicas. En un mundo donde la continuidad operativa es vital, Apollo es lo que convierte a Palantir en un socio de confianza.
AIP, la gran apuesta en inteligencia artificial.
El último en llegar, y el que más expectación genera en Wall Street. La Artificial Intelligence Platform (AIP) conecta la potencia de la IA generativa con datos sensibles de gobiernos y empresas, bajo estrictos controles de seguridad y auditoría. No se trata de lanzar prompts a un chatbot: AIP permite, por ejemplo, que un analista militar use IA para planificar una misión, o que un banco detecte riesgos emergentes, siempre dentro de un marco gobernado. Su propuesta es clara: aprovechar lo mejor de la IA moderna, pero sin sacrificar trazabilidad ni control humano.
Estos cuatro productos conforman el verdadero ADN de Palantir. Un software que no se ve, que no llega al ciudadano común, pero que define decisiones en los lugares donde más importan: campos de batalla, hospitales, fábricas, despachos de inversión y gobiernos enteros.
Del frente militar a la mesa del hospital y al supermercado.
Si algo demuestra Palantir es la amplitud de su campo de acción. Pocas tecnológicas pueden presumir de estar presentes en un frente de guerra, en un quirófano británico, en el box de Ferrari, en la cadena de suministro de un refresco o en los pasillos de Wall Street. Esa diversidad de clientes ilustra la capacidad de la compañía para convertir datos caóticos en decisiones críticas en los contextos más dispares.
Ejército de Estados Unidos
Palantir es ya parte estructural del Pentágono. Su software Gotham está integrado en el programa TITAN, un sistema que busca consolidar datos de satélites, drones, sensores terrestres y radares para ofrecer a los comandantes una visión unificada del campo de batalla. El contrato marco tiene un techo de 10.000 millones de dólares a diez años, y aunque se reparte entre varios proveedores, Palantir aparece como pieza central. En Ucrania, Gotham se ha usado para fusionar inteligencia en tiempo real, lo que ha permitido a las fuerzas ucranianas anticipar movimientos y mejorar la precisión de ataques. Este caso convirtió a Palantir en protagonista involuntario de la guerra más seguida del siglo XXI.
NHS británico
En sanidad, el cliente más visible es el Servicio Nacional de Salud británico. A través de Foundry, Palantir lidera el Federated Data Platform (FDP), un proyecto de 330 millones de libras que busca modernizar el sistema sanitario público. La plataforma integra datos de hospitales y regiones para reorganizar quirófanos, priorizar pacientes en listas de espera y coordinar recursos en situaciones de emergencia. Aunque el despliegue ha sido polémico por el debate sobre privacidad, en trusts regionales donde ya funciona se han reducido tiempos quirúrgicos y mejorado la gestión de camas.
Airbus
En la aviación, Palantir trabaja con Airbus en Skywise, un sistema que recopila hasta 30 millones de datos por vuelo: desde el rendimiento de motores hasta condiciones de cabina. Más de 100 aerolíneas se apoyan en la plataforma para mantenimiento predictivo. La compañía europea reconoció que, gracias a Skywise, pudo reorganizar mantenimientos en horas y evitar la cancelación de cientos de vuelos, ahorrando millones en costes y compensaciones.

Ferrari
En la Fórmula 1, cada décima de segundo cuenta. La Scuderia Ferrari utiliza Foundry durante las carreras para decidir en segundos cuándo entrar en boxes o qué ajustes realizar en neumáticos y combustible. La misma plataforma se emplea en Maranello para I+D y la cadena de suministro, optimizando tiempos de producción de los deportivos de lujo. En un entorno donde un error estratégico puede costar un campeonato, Palantir es una herramienta silenciosa pero determinante.
Merck KGaA
En investigación médica, Foundry es la base de Syntropy, un proyecto impulsado junto a Merck KGaA que busca acelerar el estudio del cáncer. La plataforma permite compartir datos genómicos y clínicos de manera estandarizada entre hospitales y centros de investigación, con garantías de privacidad. Esto ha reducido la duplicidad de ensayos y permitido correlaciones más rápidas entre pacientes y tratamientos.
BP
La energética británica utiliza Foundry para integrar datos de exploración y producción, detectar anomalías en plataformas petroleras y modelar escenarios de inversión en renovables. En algunos casos, el software ha evitado incidentes que habrían supuesto pérdidas millonarias, además de reforzar la transición energética de la compañía hacia proyectos menos intensivos en carbono.
Hyundai Heavy Industries
En Corea del Sur, Palantir colabora con Hyundai Heavy Industries en manufactura pesada. Foundry conecta sensores IoT instalados en astilleros y plantas industriales, lo que permite detectar cuellos de botella en tiempo real. Según ejecutivos de la compañía, esta integración ha reducido semanas enteras en procesos de construcción naval y ha mejorado el consumo energético en astilleros que producen algunos de los buques más grandes del mundo.
PepsiCo
El gigante de la alimentación y bebidas usa Foundry para optimizar su cadena de suministro global. Durante la pandemia, cuando el consumo se disparó en algunos mercados y se desplomó en otros, PepsiCo recurrió a Palantir para ajustar inventarios en tiempo real y garantizar disponibilidad en supermercados. El software permitió prever dónde habría roturas de stock y redirigir envíos antes de que se produjeran.
Dell Technologies
En infraestructura tecnológica, Dell Technologies se ha convertido en uno de los grandes aliados estratégicos de Palantir. A través de su hardware empresarial, Dell permite desplegar AIP en entornos locales, sin depender de la nube. Esto resulta clave para sectores donde los datos no pueden salir del perímetro físico, como sanidad, banca o defensa. AIP se integra directamente sobre servidores y almacenamiento Dell, ofreciendo a las organizaciones una plataforma de inteligencia artificial generativa con control total sobre la información. La alianza responde a una demanda creciente: usar IA potente sin comprometer la privacidad. Para Dell, esta colaboración refuerza su papel como proveedor clave de infraestructura para la nueva era algorítmica.
J.P. Morgan
En Wall Street, el banco más grande de Estados Unidos utilizó Palantir en proyectos de análisis de riesgo y cumplimiento normativo. Gotham y Foundry le sirvieron para procesar transacciones masivas en busca de patrones de fraude o blanqueo. Aunque la relación no se mantuvo a largo plazo, el hecho de que una firma tan influyente confiara en Palantir en sus inicios reforzó su reputación en el sector financiero.
United Airlines
La aerolínea implementó Palantir para mantenimiento predictivo y planificación de tripulaciones. El objetivo: reducir cancelaciones y mejorar la puntualidad en aeropuertos clave. Al integrar datos de flota y horarios, la plataforma permitió anticipar fallos mecánicos y reorganizar personal antes de que se convirtieran en un problema operativo.
Hertz
En movilidad y logística, Hertz ha sido una de las primeras grandes compañías en incorporar AIP a escala operativa. La plataforma analiza datos en tiempo real de flotas, reservas, incidencias y demanda por región, lo que permite ajustar decisiones sobre la marcha. No solo detecta patrones de uso: sugiere redistribuir vehículos, anticipa picos de demanda y optimiza el mantenimiento preventivo. Durante el repunte pospandemia, la empresa usó AIP para responder con agilidad a cambios de comportamiento en el consumidor. La automatización de análisis redujo tiempos de respuesta interna y mejoró la experiencia del cliente. Para Hertz, AIP es ya una herramienta estructural en la toma de decisiones cotidianas.
De perder miles de millones a facturar más de mil cada trimestre.
Durante más de una década, Palantir fue el ejemplo clásico del Silicon Valley que crece a cualquier precio. Su modelo consistía en ganar contratos cada vez mayores, aunque a costa de acumular pérdidas masivas. Entre 2009 y 2018 la compañía quemó más de 2.500 millones de dólares, financiada por capital riesgo y deuda, mientras vendía la idea de que estaba construyendo un software imposible de replicar. Para muchos analistas era un enigma: una empresa con contratos estratégicos en defensa y seguridad, pero con unas cuentas que parecían un agujero negro.
El año 2019 ofreció una primera radiografía clara: ingresos de 743 millones y pérdidas de 580 millones. En otras palabras, Palantir ingresaba menos de la mitad de lo que gastaba. Un año después, en 2020, ya cotizando en bolsa, declaró 1.092 millones de ingresos, pero las pérdidas se dispararon a 1.166 millones. Aquello encendió las alarmas en Wall Street: ¿era sostenible una empresa que por cada dólar ganado perdía casi otro?
En 2021 y 2022 siguió el mismo patrón: crecimiento fuerte pero números rojos. En 2021 alcanzó 1.540 millones de facturación con pérdidas de 520 millones. En 2022, 1.910 millones en ingresos, pero pérdidas de 580 millones. Los críticos hablaban de una compañía incapaz de controlar sus gastos, con especial énfasis en la stock-based compensation, la práctica de pagar a empleados con acciones, que diluía a los accionistas y disparaba los costes contables.
El punto de inflexión llegó en 2023. Palantir cerró el año con 2.160 millones de dólares en ingresos y 210 millones de beneficio neto GAAP positivo, el primero de su historia. Este logro fue simbólico y estratégico: demostraba que, tras casi dos décadas de pérdidas, el modelo podía ser rentable. El secreto estuvo en recortar gastos, moderar la emisión de acciones para empleados y, sobre todo, en el despegue del negocio privado en Estados Unidos, que creció más de un 30% y redujo la dependencia del sector público.
El año 2024 confirmó que no era un espejismo. Los ingresos se dispararon a 3.045 millones (+41% interanual), con un beneficio neto de 595 millones y un margen operativo ajustado por encima del 25%. Para entonces, Palantir ya se había ganado la etiqueta de “compañía de software rentable” y comenzó a entrar en los radares de grandes fondos de inversión que antes la habían descartado.
En 2025 la historia cambió de dimensión. En el primer trimestre ingresó 884 millones y ganó 214 millones. En el segundo trimestre rompió la barrera psicológica de los 1.000 millones de facturación trimestral (1.004M), con un beneficio neto de 327 millones. Solo dos años antes perdía dinero; ahora generaba más de 300M en beneficios en apenas tres meses. Además, el negocio comercial en EE. UU. creció un 93% interanual, demostrando que la apuesta por diversificar clientes estaba dando frutos.
El contraste es abrumador: de perder 1.166 millones en 2020 a ganar 327 millones en un trimestre en 2025. Para Wall Street, acostumbrado a promesas incumplidas de startups tecnológicas, el giro fue inesperado. Palantir había pasado de ser “una eterna máquina de gastar” a una empresa con márgenes sólidos, contratos crecientes y un relato que por fin cuadraba con sus cifras.

Un futuro entre la promesa tecnológica y el riesgo de caer en su propia sombra
El poder de Palantir no se entiende sin mirar sus polémicas. Desde sus primeros contratos, su software ha estado en el centro de algunos de los debates más delicados sobre privacidad y vigilancia masiva. La compañía ha construido su reputación como un socio estratégico en contextos donde la línea entre seguridad y control social es extremadamente fina.
En Estados Unidos, uno de los episodios más controvertidos fue su colaboración con ICE (Immigration and Customs Enforcement). Gotham se utilizó para rastrear y localizar inmigrantes indocumentados, integrando datos de distintos organismos y permitiendo operaciones a gran escala. Para las autoridades, era una herramienta de eficiencia. Para los críticos, una pieza clave en deportaciones masivas que rompía familias y vulneraba derechos fundamentales. Ese contrato convirtió a Palantir en un símbolo de la “vigilancia fría” del Estado, generando protestas en ciudades como Nueva York y San Francisco.
El caso de Los Ángeles fue otro ejemplo. Allí, la policía utilizó su software en programas de “policía predictiva”, que buscaban anticipar delitos antes de que ocurrieran. El problema es que esos algoritmos se alimentaban de datos históricos, reproduciendo sesgos raciales y socioeconómicos. Vecindarios con más denuncias —a menudo barrios pobres y de minorías— aparecían como “zonas calientes”, reforzando un círculo vicioso de vigilancia desigual. Organizaciones de derechos civiles como la ACLU advirtieron que Palantir se había convertido en el motor invisible de una “sociedad de vigilancia” difícil de regular.
En el plano financiero, las críticas tampoco fueron menores. Durante años, Palantir fue acusada de ser una “máquina de quemar efectivo”. Su política de stock-based compensation (SBC) —pagar a empleados con acciones en lugar de salarios más altos— llegó a representar más del 30% de los ingresos en 2020. Esto disparó los costes contables y diluyó de forma notable a los accionistas. Los inversores institucionales llegaron a cuestionar si la compañía alguna vez sería capaz de generar beneficios netos sin esa práctica, una crítica que la persiguió hasta 2023, cuando logró su primer año GAAP positivo.
Internamente, el liderazgo de Alex Karp ha sido otra fuente de tensión. Filósofo de formación y CEO excéntrico —prefiere reuniones en la montaña a despachos en Palo Alto—, Karp ha mantenido un estilo confrontativo tanto con inversores como con su propio equipo. Ingenieros talentosos abandonaron la compañía por desacuerdos con su visión y por la rigidez de una cultura corporativa marcada por contratos militares y clientes gubernamentales. Mientras muchos en Silicon Valley perseguían aplicaciones de consumo masivo, Palantir insistía en un camino más oscuro y opaco, lo que acentuó la sensación de que era una empresa distinta, casi aislada.
Incluso su relación con la política ha estado bajo escrutinio. En varias ocasiones se le ha acusado de beneficiarse de conexiones cercanas a Washington y de operar en un terreno ético difuso, aceptando contratos que otras empresas rechazaban por reputación. Para algunos, esa flexibilidad le ha dado ventaja; para otros, la convierte en un actor corporativo dispuesto a todo con tal de crecer.
Palantir siempre ha jugado al límite. Para sus defensores, es una herramienta imprescindible para gestionar un mundo saturado de datos y amenazas. Para sus detractores, representa el exceso tecnológico sin control, una empresa que se mueve en las sombras entre seguridad y vigilancia, ética y negocio. Esa dualidad —entre la utilidad y el riesgo— es lo que la convierte en una de las compañías más discutidas de nuestro tiempo.
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